Archive for diciembre, 2016

¿Quién sabe a dónde se van…?

viernes, diciembre 30th, 2016

El lugar en el que habitan tantas y tantas cosas que se nos escapan de las manos es un misterio. Hay intangibles. Nina Simone preguntaba Who knows where the time goes? (¿quién sabe a dónde va el tiempo?) o, por citar otro ejemplo, Víctor Manuel nos canta A dónde irán los besos que guardamos, que no damos… En ambos casos la respuesta tiene difícil solución. Son orillas perdidas o no encontradas.

Luego están los temas tangibles que, de repente, se convierten en una incógnita. Podría seguir tirando de poesía, pero en este caso seré menos lírico y apuntaré a un tema que nos afecta directamente al bolsillo: el dinero público que, sea por lo que sea, se esfuma y al que le sigue una deuda que hay pagar. Si este déficit que aparece está justificado se acepta, aunque toque las narices. Vamos, que nos podemos consolar diciendo: disfrutemos de lo gastado. El problema es que los euros desaparezcan y que no sepamos a dónde han ido.

Todos o casi todos tenemos cuentas pendientes en el ámbito particular, es difícil a escapar a ellas a menos que se tenga una abultada cuenta corriente. Pero, y volviendo a las altas esferas, lo de las comunidades autónomas empieza a ser no un problema sino una pesadilla. En Balears, los datos son escalofriantes. El Govern cerrará el año con una deuda cercana a los 9.000 millones, lo que significa –según calculaba este diario- que los ciudadanos de las Islas deberían destinar 112 días del año a trabajar sin cobrar para liquidar este lastre.

Si toda esta pasta era necesaria para darnos algunos regalos de bienestar, se podría hasta comprender. El dinero no sobra y a nuestro archipiélago no llegan todas las monedas que debieran. Pero si una parte se ha perdido en alguna fiesta o mala gestión, la cosa cambia. ¿A dónde han ido esos 9.000 millones y para qué? Porque, si además de pagar impuestos se suman los adeudos… vaya tela.

Con el agua al cuello

miércoles, diciembre 21st, 2016

¿Cuántas veces nos encontramos con el agua al cuello? Si nos ceñimos al ámbito meteorológico ahora estamos inundados de lluvia y en alerta. En un plis plas el balance hidrológico se equilibra. Pero cada día, mes o año tiene su historia y ahora las estadísticas nos dicen que somos menos. Sí, que en esta isla de apenas 702 kilómetros cuadrados, caben más. Es curioso, en Singapur, en un territorio similar, viven más de cinco millones de personas y aquí nos vemos las caras unos 91.000 vecinos. Ni tanto ni tan poco. ¿Y es bueno o malo?

Personalmente creo que el despoblamiento de un lugar, en este caso Menorca, es una mala notica. Nos visitan y se van. ¿Quién se queda? Los nacidos aquí y que tienen el síndrome  que en sociología se denomina algo así como el hombre árbol, que planta sus raíces en una tierra y que decide no moverse. También están los que aterrizan y se enamoran de un paisaje y deciden que aquí van a pasar su vida (yo tengo conocidos de otra patria que eligieron el microcosmos y la multicularidad que se vive en Sant Lluís).

Pero a lo que vamos. En el tema de población estamos con el agua al cuello. A lo largo de la historia este terruño ha exportado más humanos que importado. Y ahora resulta que por cuestiones económicas, porque los jóvenes que vuelan y no tiene ya acomodo, por tantos motivos… ¿quién decide voluntariamente vivir en el finisterre del este?

Sí, nos guste o no, vivimos del turismo. Hola y adiós. Algo similar a los nuestros. Nacen, crecen y… hacen las maletas hacia otro destino.

Un suelo donde pierde más que gana, suena a fracaso. Ahora estamos estancados en las noventa mil almas y bajando. Otra vez con el agua al cuello como en otros tantos temas.

Cuando llega la decepción

miércoles, diciembre 21st, 2016

La decepción es un sentimiento traicionero. Llega de golpe como un trueno o lentamente como un susurro, pero siempre provoca una sensación de amargura para quien la padece. Es como despertar de un sueño, en el que te crees que estás en un oasis y, de repente, te ves en un abrasador desierto. Todo era una ilusión convertida ahora en desilusión.

Nadie está preparado para la decepción. Podemos ser escépticos o fríos como un témpano de hielo, pero cuando anida el desengaño deja a su paso regueros de resentimiento y dolor. Cuando llega la decepción… el que la recibe sufre y el que la transmite se queda como el rey desnudo. Tras el disfraz, aunque sea producto del autoengaño, ya no quedamás que la realidad.

Si miramos a nuestro alrededor, y nos centramos en el conjunto de la sociedad y no en la particularidad (difícil de desgajar), estamos en tiempos de desengaños que crujen las costuras del tejido que cubre el colchón donde reposamos nuestra confianza.

En la tribuna política, allí donde queramos o no se gesta una buena parte de nuestra existencia presente o futura (por muy libres que nos creamos… ¿quién decide qué pensión voy a cobrar?), hay descontento en doble sentido. En horizontal y vertical.

Decepción entre los partidos elegidos, fiasco en los intestinos de las propias formaciones – aunque donde se gobierna se disimula mejor -, frustración en los que aspiran a diferenciarse, desencanto entre los de abajo que miran a las alturas y el chasco de las élites que creen que el pueblo se ha equivocado.

¿Tiene cura la decepción? René Descartes decía que «es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez».

Cuando llega la decepción… para el que la genera solo hay dos opciones: optar por la verdad o seguir mirándose al espejo de la mentira. Creo que no hay más.

 

La vida en colores

miércoles, diciembre 7th, 2016

A las personas como yo que solamente distinguimos los colores básicos, a veces la vida se nos complica cuando te dicen si una pared quedaría bien pintado en blanco roto o en oliva pálido. Es un trance que hay que pasar de la mejor manera posible. Un militar intentó quitarme los complejos (no superados). Alegué para librarme de la mili que no interpretaba bien la gama del arco iris y me soltó algo así como: si nosotros vamos de blanco y el enemigo de rojo ya sabes a quién disparar. Afortunadamente, no he tenido que pegar un tiro en lo que llevo de vida.

Volvamos a los colores. Si uno repasa su hemeroteca vital puede ver si ha sido azul, verde, rojo o violeta. Pero ahora está de moda el morado. Antes del 15-M, era una señal de que te habías pegado un golpe y te salía un moratón.

Actualmente, esta tonalidad identifica al partido que, todavía, lidera Pablo Iglesias, un hombre con muchas aristas (como todos los políticos) que además quiere quitarle el sitio a los colorados de la rosa. Pero de la libertad pregonada al establishment del poder hay una frontera muy sutil.

Hoy Podemos tiene dos moratones: Xelo Huertas y Montserrat Seijas. Rebeldes con o sin causa que se aferran a la silla y a la presunción de inocencia. Es lícito, pero ha sido pillar cargo para que la cosa cambie. No es lo mismo ver los toros desde la barrera que torear. A todos les pasa, sean de donde sean y de donde prodezcan ideológicamente.

Al final volvemos al principio, ya no sé a qué color mirar, porque no los distingo. Para mí todos son iguales. No hay aguamarina, albaricoque, amaranto, ámbar, añil, argén, fucsia, gamboge, granate…. Uno se colorea cada día de lo que cree, es o duda. El problema es que todo acabe en un fundido en negro y que se dispare al que no se pinte como nosotros.