Las mil caras de la reserva

Hombre y biosfera. Este es el binomio mágico de la Unesco, organismo que hace 23 años nos dio un bonito diploma a la Isla en el que se destacaba que el crecimiento del ser humano y del territorio eran compatibles. Así se entendió y, hace dos décadas, se apostó por encarrilar por la vía del desarrollo sostenible. Pero somos como somos y en no pocos aspectos hemos llegado a la orilla de la incompetencia. Y ahora hay nervios porque toca pasar el examen pertinente. La pregunta que flota en el ambiente es: ¿se han hecho los deberes? Sí pero no… no pero sí.

Desde aquel lejano 1993, se han ido realizando o desechando proyectos más por una ideología política concreta que por el enunciado de la Reserva de la Biosfera, cuya filosofía se ha utilizado como una goma elástica que se podía estirar hasta donde fuera conveniente, saltándose en más de una, dos… los márgenes del terreno de juego. Pero si cuela, cuela… y como no hay guardián, ¡ancha es Castilla! Este ha sido, nos guste o no, el devenir de las políticas municipales e insulares durante todo este tiempo.

El distintivo de Reserva ha sido y es guay. Es como un gran paraguas que resguarda a diestra y siniestra. O eso es lo que se creía hasta ahora.

¿Es Menorca la misma que hace veinte años? Más preguntas: ¿se ha crecido o decrecido siguiendo la partitura de la Unesco?, ¿se ha hecho bien o mal?, ¿qué ocultamos bajo la alfombra?…

Es la hora de pasar revista y no hay excusas que valgan. La imagen que proyectamos al exterior es de un paraíso donde perderse o encontrarse. Pero la  realidad es que el motor que debía arrancar temas como las energías renovables, la gestión de residuos, las infraestructuras amables, la vuelta al equilibrio socioeconómico… va al ralentí y de momento nos estamos desmarcando de la marca.

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