Patientia prima virtus est

La primera virtud es la paciencia. En latín o castellano es una de las recetas filosóficas ante lo que nos depara el día a día. Lo predicaron los antiguos y puede aplicarse a los manuales de autoayuda que pueblan las librerías de los aeropuertos. Es también una actitud recomendada en todas las culturas. Y qué dice la RAE: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Dicho todo lo anterior hay quien lo lleva mejor o peor.

Soy de la opinión que a los que están incluidos en la red kafkiana de las listas de espera de cualquier especialidad de la sanidad pública está muy bien elegido el nombre oficial que se le asigna: paciente. O lo eres o te vuelves un impaciente, es decir que no tienes paciencia o que deseas o esperas  algo con desasosiego.

La salud es nuestra principal prioridad, aunque haya alguien que lo niegue hasta que la pierde. Por ello, no hay nada más desesperante que esperar cuando te conviertes en un número inmerso en una lista de semanas o meses.

La Administración celebra cada una de las reducciones del tiempo en el que un enfermo está pendiente de ser atendido para una consulta o para una operación. En este sentido, se considera un éxito que la media general del Hospital Mateu Orfila de Maó para las intervenciones quirúrgicas se haya reducido en cuatro días, pasando a ser de 72,85. Pero mirando con lupa hay dos especialidades (urología y maxilofacial) que superan el medio año.

Cuando a uno le falla el cuerpo se asusta y pide hora al médico o va a urgencias. Son muchos  los que acuden y los recursos son los que son, aunque los contribuyentes pagamos religiosamente  para mantener una de las principales cajas mágicas del Estado de Bienestar. Por ello no es de extrañar que cuando te dicen que vuelvas dentro de x tiempo ya pasemos a la categoría de indignados.

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