Nuestro pequeño mundo

Hace unos días estaba en la playa ensimismado mirando el ir y venir
del oleaje cuando de pronto se oyeron unos gritos de una mujer que pedía ayuda porque a su hija se la llevaba la corriente. No era el día más propicio para nadar y, como se dice, el mar es traicionero. En un visto y no visto, además de los socorristas se lanzaron al agua varios bañistas de distintas nacionalidades para auxiliarlas. Afortunadamente, el incidente se quedó en un susto y la cala recobró la calma.

Poco después, un turista se sentó cerca de mí y desplegó un diario. Como soy cotilla por naturaleza me fijé que estaba concentrado en las páginas internacionales, donde las noticias son un cúmulo de desgracias. Fue entonces cuando pensé que en esta isla que navega por un Mediterráneo tranquilo estamos demasiado centrados en nuestros problemas endémicos y fácilmente nos olvidamos de que más allá de este pequeño mundo hay vida o, mejor dicho, muy mala vida. Por ello testimonios como la de la ONG Pescadores por Senegal impulsada por la menorquina Herminia Arellano nos han de hacer reflexionar.

Esta mujer residente en Llucmaçanes ha actuado como los bañistas citados al principio de este artículo que no dudaron en prestar su auxilio. Ella, junto a su familia, se ha zambullido en una parte de este continente que es el patio trasero y la vergüenza de los países ricos del llamado Primer mundo. Su trabajo solidario se desarrolla respetando la dignidad de las personas a las que ayuda para cubrir las necesidades básicas de la zona rural donde viven.

Es verdad que en la Isla también hay mucho trabajo por hacer. Pero más allá de nuestras interminables discusiones bizantinas y localistas, Herminia nos recuerda que hay gente que se está ahogando en un océano de miseria.

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