La mochila de un naufragio

Es primavera. El buen tiempo invita a salir a la calle o al campo para disfrutar de «estos días azules y este sol de la infancia… » (como diría Machado en sus últimos versos). En la zona de Es Pouet, en Es Castell, la gente pasea, aprovecha para hacer deporte o simplemente deja que el tiempo fluya. El microcosmos parece en orden, pero siempre hay un revés. Frente a la normalidad de una vida que se despliega públicamente con sus virtudes y defectos, hay naufragios que dejan sobre la arena, empapada de realidad, restos del hundimiento colectivo de nuestra sociedad.

El hombre hallado muerto esta semana en una cueva estaba oculto ante nuestros ojos. Alrededor de su cadáver se desplegaba su vida: una silla, una mesa, velas para alumbrarse o calentarse ante la soledad, un colchón y una manta para cubrir su cuerpo que como un espejo nos refleja la vergüenza de la miseria ante un estatus acomodado. Esparcidos sobre el suelo se pueden ver algunos periódicos, un ejemplar de “La aventura de la Historia” y unas hojas de pasatiempos.

M.A.G., así rezan las crónicas para identificar al fallecido, buscó la supervivencia en una gruta cercana donde fluía la vida. Mientras buscaba acomodo en su día a día en el que se abrigaba de nuestro fracaso, soltó amarras y se fue, silencioso, sin que nadie lo echara en falta en la penumbra de la cueva en la que su ser se convirtió en un no ser. En el ejemplar de la revista que tal vez ojeó había un artículo titulado “… Y el hombre ¡voló!” Él tenía los pies aferrados al patio trasero de la Sociedad del Bienestar y no pudo volar.

M.A.G, era un invisible en un oceano donde las islas para naufragar son un hogar desapercibido en un mundo donde es frecuente que se olvide a los olvidados.

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