Acorralados como Rambo

Escribo esta columna a una hora en la todavía no se sabía si el famoso UARS, el satélite incontrolado de la NASA, había caído a la Tierra y las consecuencias de ello (espero que no provoque ninguna desgracia). Este cacharro es uno de los miles de fragmentos de basura de todos los tamaños que danzan alrededor de nuestro planeta azul. Vamos, que estamos como los galos de Asterix que a lo único que temían era que el cielo se desplomara sobre su cabeza. Pero nosotros, a diferencia de ellos, sí que tenemos más miedos. El panorama está para competir con esos extraños neutrinos que viajan más rápido que la luz y huir como mínimo a Ganímedes. Porque a parte de la amenaza celeste, lo que campa por la Tierra empieza a producir pavor. Mientras que los científicos nos intentan tranquilizar explicándonos las escasas posibilidades de que el artefacto volador pueda provocar heridos, desde la casa de los horrores en la que se ha convertido el FMI nos anuncian, entre el derrumbe generalizado de las Bolsas (y los bolsos de los ciudadanos), que el mundo ha entrado en una peligrosa fase, pero que todavía hay tiempo de evitar lo peor (¿?). A todas éstas sale Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, y nos predica que los tiempos peligrosos requieren de gente valiente. Que se lo diga a los que están reunidos en la ONU. Yo, si pudiera, le compraría un billete a Richard Branson para que me embarcara en una de esas naves espaciales que está construyendo.

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